ARTÍCULOS RECIENTES CONTRAPUNTO

ARTÍCULOS RECIENTES CONTRAPUNTO

LA CRISIS DE PODEMOS Y LA INVESTIDURA

PODEMOSPosted by JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO Mon, July 29, 2019 11:28:26

No sé muy bien por qué Pablo Iglesias tiene fama de dictador. No le conozco personalmente e ignoro cuál es su carácter y su forma de ser. Es posible que simplemente dé esa impresión o que él desee verdaderamente serlo, pero, si es así, tiene muy poco éxito. Pocas formaciones políticas adolecen de tanta anarquía y desgobierno como Podemos. De hecho, se tiene la sensación de que no es una formación política, sino un conglomerado de ellas. Podría pensarse que esto no es de extrañar teniendo en cuenta que su origen se encuentra en un movimiento de protesta y de indignación llamado 15-M. Lo cierto, sin embargo, es que de eso hace ya algunos años y lo lógico sería que hubiera ido evolucionando hacia un partido clásico. Pero no ha sido así. Según va pasando el tiempo, las fuerzas centrífugas se hacen más y más presentes y la crisis se ha ido agudizando.

Tanto en las elecciones generales como en las provinciales y autonómicas, Podemos ha perdido posiciones de manera muy significativa. No han faltado los análisis y las opiniones, desde dentro y desde fuera, acerca de la causa del deterioro. Las versiones son distintas, pero en general creo que no abundan los que aciertan con las verdaderas razones. La primera de estas hay que buscarla en la concepción territorial de España que Podemos mantiene, más por conveniencias y oportunismo que por fundados convencimientos teóricos, y que les hace muy vulnerables en la situación actual.

Es cierto que la proximidad política al nacionalismo ha permitido a Podemos alcanzar cierto éxito en las comunidades en las que las fuerzas centrífugas tienen más presencia, pero eso ha sido a condición de configurarse (incluso en el nombre) de forma distinta en cada una de ellas, hasta el punto de que muchas veces se dude de si estamos ante una misma formación política o ante una multitud de estas. Al cuestionar la unidad de España, lo que ponen en peligro es al mismo tiempo la unidad del propio partido, de manera que tienden hacia un reino de taifas. Desde Andalucía a Cataluña, pasando por Galicia, Madrid, o Valencia, el cisma y la contestación se han hecho habituales y, a pesar de la imputación de despotismo a Pablo Iglesias y a la dirección central, es difícil saber quién manda en Podemos.

En la otra cara de la moneda, el acercamiento no ya al nacionalismo sino incluso al independentismo proyecta una imagen pésima en muchas partes del Estado y les hace perder una cantidad importante de votos incluso en el ámbito de la izquierda. Resulta difícil votar a quienes defienden el derecho de secesión en España, a los que mantienen que los encausados del procés son presos políticos, a quienes se oponen por principio a la aplicación del 155 y, en definitiva, a quienes defienden, se sitúan al lado, y pactan con los golpistas catalanes.

Alguien podría objetar que todo esto en buena medida se podría predicar también del sanchismo y, sin embargo, el PSOE ha obtenido mejores resultados que en las elecciones pasadas. Resulta cierto que el papel de Pedro Sánchez frente al golpismo ha sido, como frente a casi todo, muy equívoco. No es posible olvidar que ha llegado al gobierno con el voto de los secesionistas y que con su apoyo y a base de hacerles concesiones de todo tipo ha gobernado durante un año. Eso sí, siempre sin traspasar esa línea que su partido de ningún modo le consentiría. Es precisamente esta ambigüedad del PSOE la que ha permitido a Sánchez vestirse con piel de cordero en la campaña electoral y en los momentos presentes.

Ha sido ese travestismo el que ha permitido que muchos de los votantes de izquierdas que no estaban dispuestos a apoyar a un partido como Podemos, que mantiene posiciones en muchos casos muy próximas al independentismo, se hayan trasladado al PSOE, en especial en Comunidades tales como Castilla-La Mancha o Extremadura en las que los secretarios generales, aun cuando no sean capaces de dar abiertamente la cara, mantienen bastantes resistencias a la cooperación con los nacionalistas. Este hecho parece confirmarse al constatar que el número de votos que ha ganado el PSOE es inferior al que ha perdido Podemos. Es esta misma estrategia la que sigue Pedro Sánchez cuando, asumiendo el papel de tartufo, señala las diferencias, más fingidas que ciertas, con Podemos respecto a Cataluña. Es consciente de que constituye una manera de robarle votos y de abocarles más y más a la crisis.

A su vez, Pablo Iglesias y en general todos los dirigentes de Podemos, han hecho de tontos útiles. Asumieron el trabajo sucio. Fueron ellos los que se mancharon las manos con los golpistas y secesionistas para conseguir que triunfase la moción de censura y lograr que Pedro Sánchez fuera presidente del gobierno. El líder de la formación morada no pidió nada entonces, pero es precisamente lo mal que le ha resultado esa experiencia lo que le ha forzado a cambiar ahora de táctica. El quebrantamiento de las promesas por parte de Sánchez y la toma de conciencia de lo letal que ha sido para Podemos la alianza con el sanchismo han conducido a Pablo Iglesias a exigir un gobierno de coalición creyendo, quizás ingenuamente, que eso le garantizará el cumplimiento de un programa de izquierdas.

Iglesias tiene todo su derecho en reclamar un gobierno de coalición. Sus 42 diputados le habilitan para ello. Y a Sánchez, mal que le pese, sus 123 diputados le compelen a lo mismo. Rajoy fue perfectamente consciente de esta necesidad y por eso en 2015, al tener idéntico número de diputados de los que ahora tiene Sánchez, ofreció a Ciudadanos y al PSOE un pacto similar. Frente al derecho de Podemos de exigir un gobierno de coalición, no ha servido la excusa de Sánchez de que ambas formaciones políticas no suman mayoría absoluta. Hay varios gobiernos de este tipo en minoría en Europa. Por otra parte, Iglesia desbarató el argumento garantizando que renunciaría a su propuesta si el Congreso no la aprobaba.

Para justificar la negativa tan poco ha valido el pretexto tan reiterado de los poderes mediáticos próximos al sanchismo de que en España desde la Transición nunca se ha dado un gobierno de coalición. No sirve porque sí se ha producido en Comunidades y en Ayuntamientos, y si no se ha surgido en el Gobierno central es en primer lugar porque Pujol no ha querido, ya que tanto Felipe González como Aznar se lo ofrecieron y, en segundo lugar, porque nunca cinco partidos nacionales se habían repartido el arco parlamentario, y jamás nadie había pretendido gobernar con 123 diputados en solitario.

El argumento un tanto hipócrita de que lo importante es discutir programas y no sillones tiene su reverso en la afirmación de que sin sillones no hay garantía de que se apliquen los programas. La descalificación de que todo el problema consiste en que Podemos y Pablo Iglesias quieren sillones tiene también su otra cara en que Pedro Sánchez quiere quedarse con todos los sillones. Las propuestas que Sánchez filtró a la prensa, bien sean verdad o mentira, constituyen todas ellas trampas saduceas e indican bien a las claras la concepción errónea que tiene de la política y de los gobiernos de coalición. Primero ofreció carguillos administrativos, como si Podemos fuese una agrupación del partido socialista; después que si independientes; más tarde que si técnicos. Solo le ha faltado afirmar que iba a convocar oposiciones entre los militantes de Podemos, para comprobar quién era apto para ser ministro. Iglesias le ha contestado con acierto que él no ha llegado precisamente a presidente del gobierno por la tesis doctoral presentada en la Camilo José Cela. Le faltó afirmar que de momento lo ha sido gracias a él y a los golpistas. Resulta sarcástico escuchar a la ministra de Hacienda y a la portavoz del Gobierno defender cargadas de razón que los ministros de Podemos deben ser personas cualificadas. ¿Se han mirado a sí mismas y al resto del Ejecutivo? Que precisamente este Gobierno hable de personas cualificadas (lo dirán por el ministro de Fomento) tiene por fuerza que provocar una carcajada.

Entre las múltiples incoherencias y contradicciones en las que ha incurrido continuamente Sánchez a lo largo de este proceso no es la menor la pataleta que cogió por la decisión de Iglesias de consultar a las bases, arguyendo que la pregunta está sesgada. Y eso lo plantea Sánchez, maestro en recurrir a la militancia trucando el discurso y las preguntas para que le diesen la razón frente a todos los órganos de su partido. ¿Será posible que los españoles no tengamos memoria?

No es verdad -como torticeramente han dejado caer los sanchistas- que todo el problema de la investidura se resumía en que Pablo Iglesias quería ser vicepresidente. Es que tenía derecho a serlo, al menos en la misma medida que Sánchez presidente del gobierno. Ninguno de los dos son acreedores a ello por la exclusiva fuerza de su grupo parlamentario, pero sí quizás por la suma de las dos, resultantes de un pacto, en plan de igualdad o al menos de proporcionalidad. Sánchez ha utilizado todo el poder mediático que le facilita el hecho de estar en el gobierno, paradójicamente gracias a Podemos, para colocar en el centro de la diana a Iglesias haciéndole único responsable de que no hubiese investidura. El líder de la formación morada se apresuro a desbaratarle el pretexto renunciando a estar en el gobierno.

En realidad, el planteamiento no tenía ninguna lógica porque todos los inconvenientes que el líder del PSOE aducía para que Iglesias estuviese en el ejecutivo se pueden aplicar a cualquier otro miembro del partido. Es más, en sí mismos los argumentos son absurdos e incoherentes. Sánchez se rasgó las vestiduras porque Iglesias haya dicho que pretende estar en el gobierno para vigilarle. Pues para eso se hacen los gobiernos de coalición, para vigilarse mutuamente. En el fondo, Sánchez no quiere que le vigile nadie, ni los órganos de su propio partido, ni sus socios, ni el Parlamento.

En un gobierno de coalición, tal como existe en otros países, Los partidos coaligados se reparten el número de ministros de acuerdo a los resultados obtenidos y cada uno de ellos designa libremente los puestos que le corresponden sin imposiciones ni interferencias del contrario, aun cuando este sea el mayoritario. También cabe otra opción, que todos los ministros del gobierno incluyendo el presidente sean pactados nominativamente por ambas formaciones. Podemos tiene derecho en haber planteado las negociaciones en estos términos. Son los propios de cualquier gobierno de coalición. Otra cosa es que les convenga. Entre las verdaderas razones de su declive, a las que nos referíamos al principio, está el haberse abrazado en el pasado al PSOE y más concretamente al sanchismo. Han supuesto que era un partido de izquierdas, lo que es mucho suponer. Lo han blanqueado en infinidad de ocasiones y ellos se han quedado con los marrones.

El gran error de Podemos y de la actual Izquierda Unida es olvidarse de Maastricht, de la Unión Monetaria y de las enormes restricciones y limitaciones que imponen para gobernar. Cuando la IU de Anguita se opuso a la moneda única no fue por puro deporte contestatario, ni por ninguna veleidad antieuropea o por afán de malograr la fiesta, sino por el convencimiento de la pérdida de soberanía que implicaba renunciar a la moneda. Soberanía que no se transfería a instituciones democráticas (lo que hubiera sido perfectamente aceptable e incluso positivo), sino a los poderes económicos y a instituciones tecnocráticas que hacían imposible de cara al futuro instrumentar una política de izquierdas.

Los partidos europeos que se denominan socialdemócratas (el PSOE entre ellos), según iban aceptando paso a paso la construcción del proyecto europeo, especialmente la moneda única, renunciaban al mismo tiempo a la viabilidad de implantar su propio ideario. Habría que preguntarse si no es esta imposibilidad la que se ha querido rellenar, apropiándose en exclusiva y con cierto fanatismo (bonitas) de banderas transversales tales como el feminismo, la ecología y la lucha por los derechos del colectivo LGTB.

Las posiciones ideológicas en Europa se han ido acercando de manera que resulta imposible distinguir en las políticas económicas si está gobernando la derecha o la izquierda. Hay un relato común y un concierto ente todos los partidos que se llaman de gobierno: socialistas, liberales, populares. De ahí que sean fáciles los ejecutivos de coalición en los países de la UE y las alianzas en las instituciones europeas. Las discrepancias y controversias obedecen más a intereses nacionales que a posiciones ideológicas. Una foto expresiva de todo ello fue la que proporcionaron el otro día Felipe González y Aznar en buena armonía convocados por Eduardo Serra, secretario de Estado de Defensa del primero y ministro de la misma materia del segundo y hombre muy cercano al anterior monarca. Felipe González ha preferido siempre pactar con Pujol que con IU.

Podemos e IU, más que nunca hoy, no deberían perder de vista que estamos en la Unión Monetaria, así como las limitaciones que esta realidad impone al gobierno. Deberían recordar también ese discurso tan denostado de Anguita, el de las dos orillas. Estoy convencido que de continuar Zapatero en el gobierno no hubiese podido hacer cosas muy distintas de las que hizo Rajoy. Quizás las habría hecho peor. No por maldad, sino por ser más incompetente y con mucha menos habilidad para defenderse frente a Europa.

Cuando estoy terminando este artículo para mandarlo al periódico desconozco cuál será el resultado de la investidura. Como se dice en esa magnífica película titulada Casablanca, “a la historia le falta un final”. Los sanchitas pretenden conseguirla revistiendo de ministerios, las direcciones generales. En cualquier caso creo que Pablo Iglesias debería reflexionar acerca de que hay cosas mucho peores que no estar en el gobierno, por ejemplo, asumir el papel que ha terminado por desempeñar Tsipras en Grecia. Perder el norte y de repente no saber en qué orilla nos encontramos.

republica.com 25-7-2019



EL COQUETEO NACIONALISTA DE PODEMOS

PODEMOSPosted by JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO Mon, September 18, 2017 11:14:29

El 6 de noviembre de 2015 me preguntaba yo en un artículo titulado "La izquierda y el derecho a decidir" y publicado en este mismo diario si se puede ser al mismo tiempo de izquierdas y nacionalista. Uno estaría tentado a contestar que no, que son categorías antitéticas. Sin embargo, Antonio Muñoz Molina se encamina por otra dirección cuando escribe: "Primero se hizo compatible ser de izquierdas y ser nacionalista. Después se hizo obligatorio. A continuación declararse no nacionalista se convirtió en la prueba de que uno era de derechas. Y en el gradual abaratamiento y envilecimiento de las palabras bastó sugerir educadamente alguna objeción al nacionalismo ya hegemónico para que a uno lo llamaran facha o fascista". En los momentos actuales en nuestro país la realidad y los acontecimientos parecen inclinarse mucho más hacia la tesis del académico de Úbeda que a lo que sería lógico desde el punto de vista teórico.

En el mismo artículo antes citado, intentaba yo explicar cómo la izquierda, a pesar de haber pregonado su vocación internacionalista, había sucumbido a menudo a lo que he llamado en algún otro artículo pecado original de la izquierda: su desconfianza hacia el Estado y, por lo tanto, su pretensión de debilitarlo por todos los medios posibles, entre otros troceándolo y limitando sus competencias. Durante mucho tiempo esta postura parecía plenamente justificada, el poder político no era más, tal como afirmó Marx, que el consejo de administración de los poderes económicos, el guardián de sus intereses.

En España el sistema político instaurado por la Restauración, basado en el caciquismo y en el turnismo de dos partidos burgueses, marginaba totalmente a las clases populares y las expulsaba del juego político. Eso explica el auge que tuvo en nuestro país y especialmente en Cataluña el movimiento anarquista, y la consolidación de tendencias federalistas e incluso cantonalistas. Más tarde, tras el breve periodo de la Segunda República, el Estado se identificó con el franquismo, un régimen dictatorial y opresor pero que además se proclamaba adalid de la unidad de España. Es hasta cierto punto lógico que la izquierda tendiese a oponerse y a combatir todo aquello que se identificara con la dictadura, y que en esa dinámica terminase asumiendo o al menos sintiendo simpatía por el nacionalismo.

Cabría pensar que todo lo anterior explica el extraño comportamiento mantenido por Podemos y sus dirigentes cuando coquetean con el nacionalismo, incluso con el soberanismo, defendiendo ese espurio concepto del derecho a decidir. Sin embargo, algo no cuadra, el franquismo está ya demasiado lejos en el tiempo y los cuadros directivos de Podemos son perfectamente conscientes del papel que, a pesar de sus defectos, ocupa el Estado actual a la hora de corregir y paliar la injusta distribución de la renta, tanto desde el punto de vista personal como regional, que realiza el mercado. Saben que sin las prestaciones y los servicios públicos la desigualdad y la pobreza se elevarían en todas las sociedades de manera exponencial. Es más, el Estado cuando es democrático, a pesar de sus errores, se convierte casi en el único guardián de los derechos de los ciudadanos y en muro de contención de las fuerzas económicas.

Es de suponer que los dirigentes de Podemos, así lo han dicho muchas veces, participan de la idea de que la globalización constituye la mayor amenaza a las cotas ya alcanzadas tanto en los derechos sociales como en los laborales, precisamente por la desproporción creada entre un poder económico y financiero que se globaliza y un poder político (los Estados) que queda recluido en espacios más pequeños, por eso toda operación tendente a reducir el tamaño de estos últimos debe considerarse un paso atrás desde la óptica de la izquierda.

Muchos de los dirigentes de Podemos provienen del mundo académico e incluso del área del Derecho, por lo que resulta difícil aceptar que realmente se crean esa falacia fabricada por los nacionalistas del “derecho a decidir”, con la que solamente se pretende revestir y ocultar el llamado derecho de autodeterminación, derecho que concedido a cualquier región o grupo de personas llevaría a los mayores absurdos, tal como ya ocurrió en la I República y que desde luego desde ninguna óptica y con ningún canon puede aplicarse a Cataluña. Considerar a esta Comunidad como una colonia o una región explotada da risa.

Los jerarcas podemitas saben perfectamente que tras el derecho a decidir de Cataluña se esconde “el España nos roba”, y que en gran medida ha sido esta idea la que se ha inoculado a parte de la población haciéndole creer que Cataluña es objeto de toda clase de discriminaciones, abusos y atropellos. Los ciudadanos siempre son propensos a aceptar y creer que son tratados de forma injusta comparados con el vecino. La realidad, por supuesto, es muy distinta. La renta per cápita de Cataluña está muy por encima de la media nacional; tan solo en Madrid, en el País Vasco y en Navarra es superior. En los dos últimos casos, el estar ubicados en cabeza deriva, en buena medida, de su situación fiscal privilegiada (concierto y cupo) concedida de forma ilógica en la Constitución, y es esta prerrogativa precisamente la que reclama Cataluña. No hay que olvidar que el denominado procés y la reivindicación del derecho a decidir nacieron a raíz de la negativa del Estado a concederles el pacto fiscal, sistema financiero similar al del cupo.

El discurso nacionalista en los países desarrollados tiene bastante parecido con el que defiende el neoliberalismo económico. El mejor sitio en donde está el dinero es en los bolsillos de los ciudadanos, afirman los liberales; los recursos generados en Cataluña deben quedarse en Cataluña. Tanto las clases altas como las regiones ricas de lo que hablan es de limitar, cuando no de eliminar, la solidaridad. En definitiva, se trata de reducir a la mínima expresión la función redistributiva del Estado. En los dos casos se considera que los ricos son ricos por sus solos méritos, que la distribución de la renta que hace el mercado es correcta, y que cada uno debe ser dueño de disponer de sus ingresos como le venga en gana. Todo proceso redistributivo, bien sea interpersonal o interterritorial, lo consideran un acto de caridad, algo graciable, cuando no un abuso y un expolio. Su sentimiento de encontrarse injustamente atendidos por el Estado no surge de que piensen que están realmente discriminados, sino de que no están lo suficientemente bien tratados, dado su grado de excelencia y superioridad sobre los demás, lo que les hace acreedores a disfrutar de una situación privilegiada. ¿Puede la izquierda dar cobertura al victimismo de los ricos?

El procés y el nacionalismo han trasladado la lucha del plano social y de clases económicas, al enfrentamiento territorial. Hace años las calles de Barcelona y de otras ciudades de Cataluña se llenaban de protestas contra los recortes practicados por el Gobierno de la Generalitat y por el Gobierno central, que también es el suyo. Eran críticas similares a las que se hacían en otras partes de España. Hoy todo ello ha desaparecido en Cataluña. Las manifestaciones se hacen tan solo para reclamar la independencia.

Pienso que de todo lo anterior son conscientes los lideres de Podemos. Entonces ¿cómo es posible que defiendan la autodeterminación de Cataluña? ¿Cómo pueden estar a favor de que las regiones ricas de Europa, ya sea en España, Italia o Alemania pretendan separarse del resto, olvidando que en buena medida lo que son en los momentos actuales se lo deben al haber formado durante muchos años una unidad política y económica con lo que ahora pretenden abandonar?

La razón de esta postura tan anómala hay que buscarla quizás en la manera en que esta formación política ha surgido. La crisis derivada de la pertenencia a la Unión Monetaria y los recortes sociales y laborales aplicados en consecuencia elevaron la protesta de una parte importante de la población y su rechazo a los dos partidos que hasta entonces habían venido turnándose en el poder a los que se hacía responsables de la política de austeridad aplicada. De ahí el surgimiento de movimientos como el del 15-M, y de ahí también que de forma un tanto sorprendente una formación política como Podemos se hiciese con un bocado importante del espacio político.

El 15-M fue un movimiento plural de contestación y protesta. Carecía de un programa elaborado y definido. No tenía por qué tenerlo. Su objetivo era la crítica y la oposición. Su papel no consistía tanto en decir lo que había que hacer (seguramente habría habido discrepancias) como en lo que no se tenía que hacer (en ello había unanimidad). Hasta ahí todo correcto. El problema aparece cuando se produce el salto a la creación de una formación política, que además obtiene importantes éxitos a corto plazo. Entonces sí se precisa de un programa coherente y unificado.

La ambigüedad, sin embargo, estuvo presente en el discurso de Podemos desde el principio. Tan pronto se afirmaba que la división izquierdas o derechas estaba ya superada como mantenían que profesaban una ideología socialdemócrata. Ambigüedad que ha sido especialmente llamativa en la postura adoptada frente a la Unión Monetaria, problema que debería ser el número uno para un partido de izquierdas, ya que condiciona todos los demás. A pesar de sus asambleas y sus vista alegres, la tarea de construir un discurso congruente y un programa sin contradicciones quedó supeditada a la finalidad de lograr en cada sitio los mejores resultados electorales y de alcanzar lo antes posible el poder. Alguna vez lo explicitaron claramente cuando tildaban de fracasada a la izquierda que les había precedido por haber ocupado en el tablero político un puesto secundario.

Esta es la razón de su heterogeneidad, que en cada Comunidad o Ayuntamiento se ha plasmado de forma diferente no solo en las alianzas o en las siglas con las que se presentaba a los comicios, sino también en el discurso. Y ese es el motivo también de su continua apelación a pactar con el PSOE, olvidando que el 15-M surgió no cuando gobernaba Rajoy sino Rodríguez Zapatero. Muchos de los lideres de Podemos se han declarado discípulos de Anguita, pero no parece que tengan muy presente ni el programa, programa, programa ni el discurso de las dos orillas. En los momentos actuales, mientras pertenezcamos a la Unión Monetaria, todo partido de izquierdas debería moderar sus prisas por llegar al gobierno. Lo ocurrido al PSOE con Rodríguez Zapatero y la experiencia de Syriza en Grecia debería conducirles a la prudencia y a interrogarse acerca de si tienen un plan de gobierno coherente y si ese plan es viable en las actuales circunstancias.

Las prisas manifestadas por Podemos y la primacía que ha concedido a la obtención de resultados positivos en las elecciones sobre la coherencia del discurso es lo que quizás explica su conversión al derecho a decidir y su coqueteo con los nacionalistas. Piensa quizás que en Comunidades como Cataluña, País Vasco o Galicia le puede resultar muy conveniente. Las cosas, sin embargo, son más complicadas. Primero porque en esas Comunidades discursos nacionalistas suele haber muchos, y además a la hora de la verdad pueden encontrarse con que sus agrupaciones tienen tanta vida propia, que funcionan independientemente, se declaran soberanas (Si lo son las regiones porque no ellas) y apenas se pueden considerar parte del partido nacional al que dicen pertenecer. Lo que está ocurriendo en Cataluña es buena muestra de ello.

Segundo, porque lo que, según piensan, les puede proporcionar votantes de esas Comunidades, tal vez se las quite en mayor medida en otras; sus potenciales votantes de Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha, etc, (las Comunidades realmente necesitadas y peor dotadas) no verán con muy buenos ojos cómo su formación política, teóricamente de izquierdas, se coloca a favor de las Comunidades ricas y en el bando de los que pretenden romper la corriente de solidaridad necesaria y lógica dentro de un mismo Estado. Difícilmente se pueden mantener 17 discursos diferentes, uno para cada Autonomía.

republico.com 15-9-2017



DERECHO A DECIDIR

PODEMOSPosted by JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO Sun, January 24, 2016 23:30:55

PODEMOS Y EL DERECHO A DECIDIR



Ante la posibilidad de la convocatoria de unas nuevas elecciones, a casi todos los comentaristas les ha dado por afirmar que beneficiarían a Podemos. Parece que se basan en que los votos de IU previsiblemente se transferirían a la formación morada y en lo que sus dirigentes han llamado “la remontada”, es decir, la creencia de que al final de la pasada campaña electoral estaban en fase ascendente y que si esta hubiera durado una semana más los resultados habrían sido mejores. Se piensa, por tanto, que una segunda vuelta electoral les concedería un mayor número de votos.

No estoy yo muy seguro de que estos planteamientos sean acertados. El supuesto ascenso de esta formación en la última etapa ha estado unido a cierta ambigüedad en el discurso territorial y en la forma de presentarse a las elecciones, aglutinando en regiones como Cataluña, Valencia, Galicia y País Vasco a formaciones nacionalistas o al menos próximas al nacionalismo; con el agravante de que no se sabe muy bien quién aglutina a quién. Estos planteamientos tienen por fuerza que chocar con los posibles votantes del resto de España. Tal heterogeneidad hasta el momento de las elecciones pasó casi desapercibida, pero progresivamente se va haciendo más patente, y es previsible que genere cada vez más recelos, en especial cuando se coloca la autodeterminación de Cataluña como núcleo central del mensaje y línea roja a la que no se está dispuesto a renunciar a la hora de hacer alianzas, o bien se queda al margen de los acuerdos en los momentos de formar la Mesa del Congreso, sacrificando todo a la exigencia de que los diputados elegidos en determinados territorios tuviesen grupo propio. Me cuesta creer que hayan sido estos aspectos los que hayan estado detrás de las motivaciones de la mayoría de los votantes de Podemos. Es más, estoy convencido de que tomar conciencia de ellos puede ser un revulsivo a la hora de volver a votarles.

Históricamente, el derecho de autodeterminación nace asociado al sistema colonial como una exigencia de las regiones sometidas a la explotación y en las que los naturales son ciudadanos de segunda clase. Desde esta óptica constituye una pretensión justa y progresista, pero no tiene nada que ver con esa fuerza centrífuga que se ha adueñado de algunas regiones ricas de Europa que reclaman la independencia de sus respectivos países. Las motivaciones aquí son totalmente reaccionarias, porque en el fondo hay un poso de xenofobia, de ínfulas de excelencia moral y, sobre todo, un intento de romper la unidad fiscal y social del Estado, en otras palabras: la sublevación ante una política regional redistributiva.

Conviene recordar que el proceso soberanista en el que se ha embarcado Convergencia y al que ha arrastrado a parte de la sociedad catalana se inicia con la negativa de conceder el pacto fiscal a Cataluña; aunque el tema venía de antes, de un discurso victimista acerca del déficit fiscal, cuya cuantía era en parte inventada, pero en el que había otra parte cierta como es lógico que se produzca en las regiones ricas de los países al tiempo que en las pobres se obtiene superávit. No es más que la traslacion al plano regional de la redistribución en la renta personal que debe realizar el Estado.

No se puede negar que en los movimientos independentistas se aglutinan muchos factores sentimentales y emotivos que nada tienen que ver con el dinero y que, hábilmente agitados y mezclados con toda clase de deformaciones históricas y de patrañas sin cuento, son muy efectivos a la hora de movilizar multitudes y de despertar fervores y paroxismos, pero detrás de todo ello y sobre todo en el ánimo de los que los agitan lo que se persigue prioritariamente es la ruptura de la unión fiscal.

Precisamente la ausencia de esta unidad fiscal en Europa (al darse al mismo tiempo la integración de los mercados y una moneda única) es la causante de los enormes problemas económicos que afectan a la Unión y en buena parte de los recortes sociales y del sufrimiento al que se ha sometido a las poblaciones, en especial a las de los países del Sur, y que ha hecho crecer en estos formaciones políticas como Podemos. Es difícil entender que quien está en contra del diseño que se ha seguido para el proyecto europeo lo pretenda importar en el ámbito nacional (véase mi artículo del 6-11-2015 en este mismo medio).

Tradicionalmente, el Estado social y de derecho se ha venido basando, con mayor o menor intensidad, sobre una cuádruple unidad: comercial, monetaria, fiscal y política. Es sabido que las dos primeras generan desequilibrios regionales, tanto en tasas de crecimiento como en paro, desequilibrios que son paliados al menos parcialmente mediante las otras dos unidades, la fiscal y la política. La unión política implica que todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y obligaciones independientemente de su lugar de residencia, y que por lo tanto pueden moverse con libertad por el territorio nacional y buscar un puesto de trabajo allí donde haya oferta. La unión fiscal, como consecuencia de la unión política y de la actuación redistributiva del Estado en el ámbito personal (el que más tiene más paga y menos recibe), realiza también una función redistributiva en el ámbito regional, que compensa en parte los desequilibrios creados por el mercado.

La Unión Monetaria Europea ha roto este equilibrio creando una unidad comercial y monetaria, pero sin que se produzca, ni se busque siquiera, la unidad fiscal y la política, lo que genera una situación económica anómala. Resulta ilustrativo que en Cataluña los nacionalistas se nieguen a aceptar que la teórica independencia conllevaría la exclusión de la Unión Europea y de la Unión Monetaria. Pretenden seguir teniendo el mismo acceso a los mercados, pero sin pagar por ello. En una palabra, pretenden convertirse en Alemania.

Esta postura no es incoherente para la derecha, no en vano el proyecto de la Unión Monetaria se ha construido con un patrón netamente neoliberal, pero resulta contradictoria para la izquierda, y tanto más viniendo de un partido que teóricamente ha surgido para dar respuesta a la desigualdad y miseria que ha producido la moneda única. Me da la sensación de que los votantes de Podemos esperan de esta formación otra cosa muy distinta.

Y no se diga que lo que se defiende es el derecho a decidir, porque hablar de plurinacionalidad y conceder el derecho de autodeterminación a Cataluña -que por la misma lógica habría que conferirlo a toda región que lo solicitase- sería generar un caos de consecuencias incalculables, y retornar a la Primera República con la sublevación cantonal.